Febrero está siendo un mes de planificación, de arranques y de nuevos proyectos. Un mes de energía inicial. También para muchos de nuestros clientes, que confían en nosotros para facilitar sus reuniones de inicio: de proyecto, de nuevo ejercicio o de temporada turística en Baleares.
Estas reuniones se hacen. Eso es cierto. Pero, desde mi experiencia como consultora, la mayoría se centran casi exclusivamente en lo operativo y lo estratégico: cuánto queremos facturar, qué nivel de satisfacción buscamos, cuáles son los retos del año, qué indicadores vamos a medir. Todo eso es importante, por supuesto. Lo que echo en falta —demasiadas veces— es otra conversación. Hablar de cómo será el funcionamiento como equipo.
Una reunión de kick-off no debería ser solo un espacio para proyectar el futuro, también debería ser un momento para mirar atrás con honestidad. Y, en esa mirada, hacer una retrospectiva real del proyecto o temporada anterior y preguntarse qué ha pasado de verdad: qué acciones han funcionado, cuáles no, qué dinámicas han fortalecido al equipo y cuáles lo han desgastado.
Si se obvia ese ejercicio, el equipo entra en piloto automático y repite las mismas conductas, los mismos hábitos y las mismas inercias. Todo se asemeja excesivamente al “día de la marmota”: vivimos mil días, pero en realidad es el mismo día repetido una y otra vez.
En estos procesos siempre me viene a la cabeza el modelo de aprendizaje experiencial de Kolb. Este teórico de la Educación explica que el aprendizaje real no ocurre simplemente por vivir experiencias, sino por atravesar un ciclo completo: experiencia (¿qué hemos vivido realmente como equipo?), reflexión (¿qué ha funcionado de verdad y qué no queremos repetir?), conceptualización (¿qué conclusión sacamos de esto y qué acciones queremos incorporar a partir de ahora?) y experimentación (¿qué vamos a hacer diferente, de manera concreta, desde mañana?).
El problema es que muchas organizaciones viven una experiencia… y pasan directamente a la siguiente. Lo de reflexionar lo dejan para otro día. Porque reflexionar requiere tiempo. Y, sobre todo, requiere valentía. Reflexionar significa hacerse preguntas incómodas, ir más allá del “fue bien” o del “lo sacamos adelante”. Reflexionar quiere decir salir de la burbuja del “todo correcto” y atrevernos a identificar aquello que no queremos repetir.
Y eso solo ocurre cuando existe un nivel suficiente de confianza. Cuando las personas pueden hablar sin miedo a personalizar ni señalar, pero también sin maquillaje. Cuando todas las voces cuentan.
Ahí es donde, como consultores, siento que aportamos verdadero valor. No solo facilitamos una reunión, creamos un espacio donde se puede hablar de lo que normalmente no se habla, y diseñamos dinámicas que ayudan a que aflore la experiencia real del equipo. Además, cuando es necesario, confrontamos con respeto para no quedarnos en la superficie. Porque si el aprendizaje no se hace consciente, no hay cambio. Y entonces volvemos a empezar. Con nuevos objetivos. Con nuevas cifras. Pero con las mismas dinámicas de siempre.
La pregunta es: ¿qué tipo de año queremos construir?
