“Los resultados no los consiguen las organizaciones, los consiguen las personas”

Y nos gustan las personas. Como consultores traducimos las dificultades, inquietudes y aspiraciones de nuestros clientes -que también son personas- en soluciones que pasan por el desarrollo del equipo humano.

Todo empieza escuchando para comprender. Nos reunimos con el cliente y éste comparte con nosotros sus dificultades y anhelos. Los analizamos para ponerlos en perspectiva, intentando entender en detalle cuál es el contexto actual que los soporta, las experiencias pasadas y expectativas futuras. Una vez damos con la necesidad la cuestionamos de nuevo -cuantas veces hagan falta- antes de crear una solución que debe ser tan cercana a la realidad de la organización que nos contrata como nosotros seamos capaces de diseñar.

En ocasiones proponemos una acción puntual: una jornada outdoor, una convención, un breve taller o una prueba de diagnóstico de cualidades personales. Buscamos el impacto de las acciones, siempre en coherencia con la necesidad y los objetivos estratégicos. Queremos que nuestros planteamientos tengan sentido dentro del negocio, que sean el resultado del triple balance entre la empatía con el cliente, la visión amplia y el sentido común. Nos gusta retarnos, nos divierte, por eso intentamos sumar a todo lo anterior buenas dosis de originalidad en las propuestas, que sean auténticamente genuinas y pensadas con cariño.

Si merece la pena una intervención más amplia, más consistente, entonces planteamos un programa de desarrollo. Éste perseguirá la mejora de capacidades y competencias del equipo, el conocimiento de la empresa y la motivación interna de los participantes. Nuestros programas son fieles a una premisa que nos funciona y que de alguna manera nos caracteriza: la preparación es la clave del éxito. Planteamos y replanteamos el encargo, codo con codo con nuestros interlocutores, buscando su involucración en todas las fases. Acordamos un calendario y espaciamos nuestras intervenciones en diferentes módulos. Nos detenemos profundamente en la primera jornada presencial, la de arranque, pues debe servir para poner las cartas boca arriba, que el equipo comparta honestamente su realidad y analice la necesidad desde su punto de vista, tanto individual como colectivo. Este primer módulo de análisis de la realidad nos sirve de guía para plantear los siguientes, buscando -o creando- actividades y dinámicas que faciliten el desarrollo para ese cliente, en sus circunstancias. Intentamos proponer actividades que sean amenas, entretenidas y retadoras, con el objetivo de minimizar las resistencias y animar la implicación. Esperamos que lo experimentado sea llevado a la acción, en el entorno de trabajo, entre sesiones. Somos impulsores, cómplices y testigos de los planes de acción individuales, a los que damos seguimiento. Sugerimos un bonito cierre para el programa, una actividad distendida de cohesión, que ayude a hacer más y mejor equipo, e impulse los cambios.

Compartimos con el cliente los avances del programa, exponemos nuestras conclusiones finales y sugerencias para el futuro. Nos ponemos a su disposición para continuar acompañándole en el agradecido -pero rentable- mundo del desarrollo humano y organizacional.

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